El síndrome de la impostora
A una ingeniera de treinta y cuatro años le dan un ascenso un jueves por la tarde. Se lo comunican en un despacho, le dan la mano, le dicen que se lo merece. Y esa misma noche está en la cama a las dos de la mañana, sin poder dormir, repasando por qué se lo han dado a ella. Piensa si fue por el proyecto de Lisboa, que salió bien, o si fue porque cae bien y se lleva bien con todo el mundo. Piensa si el director la propuso convencido o si simplemente tocaba. Y en algún momento de esa noche piensa una cosa muy concreta, que es que ahora ya solo falta que alguien se dé cuenta.
Al día siguiente se lo cuenta a su jefa tomando un café, medio en broma, como se cuentan estas cosas. Y su jefa, que la aprecia de verdad y que no tiene ninguna mala intención, por la tarde le manda un enlace. Es un artículo sobre el síndrome de la impostora. Ella lo lee, se reconoce en casi todo, y siente al principio un alivio grande, porque resulta que lo que le pasa tiene nombre y le pasa a mucha gente. Pero luego, si se para a pensarlo, hay algo que no encaja del todo. Y es que ella lleva cuatro años siendo la única mujer en las reuniones donde se decide algo, y lo que acaba de recibir es un enlace que le explica que el problema está en su cabeza.
Merece la pena saber de dónde viene ese nombre, porque la historia es bastante más interesante que el nombre. En 1978, dos psicólogas estadounidenses, Pauline Clance y Suzanne Imes, publicaron un artículo a partir de unas ciento cincuenta mujeres a las que habían atendido durante años. Eran doctorandas, profesoras universitarias, profesionales con logros perfectamente comprobables, y todas compartían lo mismo: por dentro no se sentían competentes. Atribuían lo conseguido a la suerte, al momento, a haber caído bien, a un despiste del tribunal.
Lo mejor de aquel artículo fue que explicaron cómo se mantiene esa sensación, que es lo que hace que uno no pueda salir de ella por su cuenta. Funciona así. Como no te crees capaz, te preparas mucho más de lo que haría falta: preparas la reunión tres veces, repasas el informe cuatro. Y claro, sale bien. Pero como sabes perfectamente el trabajo que te ha costado, la conclusión que sacas no es que seas buena, sino que salió bien porque le echaste horas y porque esta vez colaste. Así que cada cosa que te sale bien, en lugar de convencerte de lo contrario, refuerza la idea. Por eso no sirve de nada que alguien te enseñe tu propio currículum: los logros no son la cura, son el combustible.
Y ahora viene lo importante, que es lo que se ha perdido por el camino. En aquel artículo de 1978 había dos mitades. Una hablaba de lo que pasaba dentro de aquellas mujeres, que es la que todos conocemos. La otra hablaba de por qué les pasaba, y ahí Clance e Imes eran muy claras: hablaban de las ideas que circulaban sobre si las mujeres eran competentes, de que no tenían casi referentes por delante, de los mensajes que habían recibido desde pequeñas sobre a quién le corresponde destacar. Es decir, no describían un defecto de fábrica. Describían a unas mujeres que se habían creído lo que su entorno llevaba años diciéndoles. El origen estaba fuera y había acabado dentro.
De esas dos mitades, hoy solo circula una. Y por el camino cambió también la palabra: ellas lo llamaron fenómeno, y el término síndrome lo pusieron después la prensa, los libros de autoayuda y los cursos de empresa. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es, porque un síndrome es algo que uno tiene, como se tiene una alergia, y eso convierte una situación en una característica personal.
Vale la pena preguntarse a quién le viene bien ese cambio, porque no creo que haya que buscar una conspiración: simplemente, una de las dos mitades es mucho más fácil de manejar. Si el problema está en la cabeza de la empleada, se puede organizar un taller de media jornada, contratar a alguien que dé una charla y poner una foto en la intranet. Si el problema es que en esa empresa las mujeres no llegan a los puestos donde se decide, no hay taller que valga. La versión individual se puede tratar. La otra habría que arreglarla.
Dicho todo esto, conviene no pasarse, porque exagerar aquí estropea el argumento. Esto no es una enfermedad. No aparece en ningún manual diagnóstico y no ha aparecido nunca. Una revisión de estudios publicada en 2020 encontró que, según qué cuestionario se usara, la proporción de gente afectada iba del nueve al ochenta y dos por ciento, lo cual quiere decir, sencillamente, que no está claro qué se está midiendo. Los hombres, además, lo cuentan en proporciones parecidas, así que tampoco es exclusivo de nadie. Y hay una cosa más que hay que decir con respeto, y es que a muchísima gente ponerle nombre a esto le quitó una soledad enorme. Saber que le pasa a otros ayuda de verdad, y eso no se puede despachar con ironía.
El problema no es entonces que el concepto sea falso. El problema es adónde te lleva. En 2021, Ruchika Tulshyan y Jodi-Ann Burey escribieron un artículo que decía justo esto, y con un título que no dejaba lugar a dudas: dejen de decirle a las mujeres que tienen síndrome de la impostora. Su argumento es sencillo. Si te convencen de que lo que tienes es tuyo, la tarea de arreglarlo también es tuya. Y entonces lo intentas con un libro, con un curso, con fuerza de voluntad y a las dos de la mañana, mientras todo lo demás sigue exactamente igual.
Aquella ingeniera no tenía un síndrome. Tenía razón.
Referencias
Bravata, D. M., Watts, S. A., Keefer, A. L., Madhusudhan, D. K., Taylor, K. T., Clark, D. M., Nelson, R. S., Cokley, K. O. y Hagg, H. K. (2020). Prevalence, predictors, and treatment of impostor syndrome: A systematic review. Journal of General Internal Medicine, 35(4), 1252-1275. https://doi.org/10.1007/s11606-019-05364-1
Clance, P. R. e Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241-247. https://doi.org/10.1037/h0086006
Tulshyan, R. y Burey, J.-A. (11 de febrero de 2021). Stop telling women they have imposter syndrome. Harvard Business Review. https://hbr.org/2021/02/stop-telling-women-they-have-imposter-syndrome

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