La tecnología no es neutral
La tecnología se desarrolla de una manera concreta, con un sesgo concreto. Ahí entra en juego la economía, la ideología, la moral y otros factores que hacen que se busquen soluciones a unos problemas y a otros no tanto. E incluso que las soluciones sean unas mientras que otras posibles se desechan. No por menos viables, sino por no cuadrar con los ámbitos vigentes que acabo de mencionar. No estamos ante una tecnología neutral, sino ante una muy interesada.
Y esto no es nuevo. Es así desde que en la Edad del Bronce, o del Hierro, el metal fue el diferenciador entre ganadores y derrotados. No ha cambiado en esencia, ni va a cambiar.
El bronce era un diferencial de fuerza, sí. Pero era replicable. Podías aprender a fundirlo, podías robar el mineral, podías comprarle la espada al enemigo. Tardabas una generación, pero se cerraba la brecha. Lo mismo con la imprenta, con el telar, con el motor. La ventaja tecnológica ha sido históricamente una ventaja temporal.
Lo de ahora no funciona así. El diferencial no es un objeto, es una infraestructura: centros de datos, energía, chips, cadenas de suministro y capital a escala de miles de millones. Eso no se replica en un taller. Ahí está lo nuevo. No en el sesgo, que es de siempre. En que esta vez la brecha no se cierra sola.
Fíjate en lo que se ha construido y en lo que no. Se ha construido automatización que sustituye tareas humanas. No se ha construido, ni de lejos con la misma intensidad, tecnología que amplíe lo que un trabajador puede hacer manteniéndole el criterio y el control. Se podría. Es técnicamente viable. Simplemente no es lo que se financia.
David Noble documentó un caso concreto de esto en los años cincuenta. El problema técnico era automatizar las máquinas herramienta: fresadoras, tornos, las máquinas que cortan metal para fabricar piezas. Hasta entonces las manejaba un operario cualificado que tenía en la cabeza y en las manos el saber de cómo atacar cada pieza. Aparecen dos soluciones distintas al mismo problema:
- El operario experto hace la pieza una vez, a mano, como siempre. La máquina graba sus movimientos en una cinta magnética. A partir de ahí los reproduce las veces que haga falta. La máquina multiplica al operario, pero el saber sigue siendo suyo: si la pieza sale mal, es él quien lo corrige, porque el programa no es más que su propio gesto grabado.
- No se graba a nadie. Un programador, sentado en la oficina técnica, traduce el plano a coordenadas matemáticas y las perfora en una cinta. El operario de taller carga la pieza y pulsa el botón. Idealmente no toca nada más, y de hecho en muchas fábricas se le prohibió expresamente tocar los mandos.
Ganó la número dos. Lo que Noble documenta es que no ganó por ser mejor (al principio era carísimo, complejo y poco fiable). Ganó por dos razones que no son técnicas:
- Lo pagó la Fuerza Aérea, que quería piezas complicadas para aviación y financiaba por contrato, así que el coste daba igual.
- La dirección de las empresas le convenía. La opción número uno dejaba a la fábrica dependiendo del operario cualificado y de su sindicato. La opción número dos prometía sacar ese saber del taller y meterlo en la oficina.
La promesa no se cumplió del todo. En las plantas que Noble estudia las máquinas rendían mal, las cintas venían con errores, y al final hubo que dejar que los operarios editaran los programas a pie de máquina, que era justo lo que se había intentado evitar. Es decir, se eligió la vía que quitaba control al taller aun a costa de la productividad.
Daron Acemoglu y Simon Johnson lo llaman so-so automation: automatización regulera. Aquella que sustituye personas sin apenas aumentar la productividad real. Las cajas de autoservicio del súper son el ejemplo canónico: no despachas más rápido, no hay ganancia neta de eficiencia, simplemente el trabajo de escanear ha pasado del cajero al cliente. Sale rentable no porque produzca más, sino porque reparte distinto. Y ese, para mí, es el corazón del asunto. La pregunta no es "¿esto funciona?". La pregunta es "¿esto funciona para quién?".
No creo en el "esto es imparable". Esa frase es precisamente el producto ideológico que vende el sesgo. La dirección del cambio tecnológico es una elección, condicionada por precios relativos, por regulación y por quién tiene poder para negociar. Y como es una elección, se puede disputar. No con nostalgia, esto no va de volver al lápiz. Va de preguntar, cada vez, quién eligió esto y qué otras opciones había encima de la mesa.
Porque las había. Siempre las hay.
Referencias
Noble, D. F. (1984). Forces of Production: A Social History of Industrial Automation. Nueva York: Alfred A. Knopf.
Acemoglu, D. y Johnson, S. (2023). Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity. PublicAffairs. [Ed. española: Poder y progreso, Deusto, 2023.]

Comentarios
Publicar un comentario