¿Y ahora donde reside la dificultad?
Desde hace muchos años me gusta practicar caligrafía. También le cogí el gusto a intentar hacer alguna que otra acuarela. Y también he hecho cerámica. No soy experto en ninguna de estas cosas, en absoluto, pero de vez en cuando me pongo y hago cualquier cosa, sin valor en sí. Y para mí hacerlo es importante.
Estas cosas tienen una carga terapéutica, o metafísica, o qué sé yo. Y no solo porque me hagan fluir (en el sentido del libro Flow), o en el sentido del mindfulness, o quizá de la arteterapia, sino porque además hago algo con las manos. Mi cerebro, mi mano, la tinta, la plumilla, el pincel. Todos esos elementos físicos, tangibles, solo funcionan si yo los activo. Ese fuerte componente manual. Ese componente de que yo soy la magia que los pone en acción.
Y además sale imperfecto. Hay que practicarlo, y practicarlo, y nunca es perfecto. Siempre tiene algo humano. Pero incluso cuando sale algo que me gusta, no es por perfecto, sino porque en ello puedo reconocer la mano humana e incluso a veces puedo reconocerme a mí mismo.
Durante mucho tiempo pensé que el mediador tecnológico (la plumilla, la pintura, el papel) permite reconocer lo humano porque es lo bastante rudimentario. Sin embargo, un violín es un objeto de una sofisticación brutal, y también delata a quien lo toca. ¿Entonces?
Richard Sennett, en El artesano, explica que la resistencia del material no es un obstáculo del oficio: es su condición. Donde no hay resistencia no hay pericia posible. Y de ahí se sigue algo que él no dice del todo: donde no hay pericia no hay nadie a quien reconocer en el resultado. Lo importante no era si el mediador tecnológico es rudimentario o sofisticado, sino si resiste o no. Un violín es sofisticadísimo y resiste como el que más: por eso delata a quien lo toca.
El nudo en la madera, el metal que se enfría antes de tiempo, la arcilla que se me ha vencido más veces de las que quiero recordar: eso que parece estorbo es en realidad la única vía por la que el material le avisa al que trabaja que su idea estaba incompleta. La destreza es lo que queda después de miles de correcciones. Un material que no opone nada no da ocasión de corregir, y por lo tanto no enseña.
Por eso el buen artesano no solo tolera la dificultad, sino que la busca. Trabaja al borde de lo que sabe hacer, elige el material difícil pudiendo elegir el fácil. Y frente al obstáculo aprende un modo de tratarlo (fuerza mínima antes que fuerza bruta, paciencia, reformular el problema en lugar de embestirlo). Gestionar la frustración no es un rasgo de carácter, sino parte del oficio. El que espera que salga a la primera interpreta la resistencia como un veredicto sobre sí mismo y abandona; el experto la lee como información sobre el material.
Si nada resiste, todos los resultados valen igual, y donde todo vale igual no hay diferencia entre hacerlo bien y hacerlo de cualquier modo. La posibilidad del fracaso es lo que vuelve valioso el acierto. Una pieza bien hecha conserva las huellas de decisiones que pudieron tomarse de otro modo, y esas decisiones remiten a alguien.
Cuando apareció la fotografía, mucha gente dio la pintura por muerta. Durante siglos, saber pintar había sido saber mover la mano. Ahí estaba el mérito, ahí se veía quién sabía y quién no. Llega una máquina que captura una cara en minutos, con más parecido del que consigue un retratista en tres sesiones, y la conclusión parece obvia: se acabó el oficio.
Y en parte fue así: los pintores de miniaturas, que se ganaban la vida haciendo retratos por encargo, desaparecieron en una generación. Lo que no murió fue la pintura. Lo que hizo la cámara fue quitar de en medio una dificultad, la del trazo, y "revelar" la existencia de un montón de otras que antes nadie había tenido que resolver. Dónde te pones. A qué hora. Qué dejas fuera del encuadre, que decide tanto como lo que dejas dentro. Cuánto tiempo abres el obturador. Y después el revelado, que durante cien años fue trabajo manual puro: horas a oscuras peleándote con químicos y papeles, y dos personas con el mismo negativo sacando dos copias que no se parecen.
O sea: la máquina no acabó con el oficio como tal, cambió en qué consistía ser bueno. Y ahí volvió a haber gente que sabía y gente que no, y a la que sabía se la reconocía en el resultado. Pero esto no significa que cada vez que llega una herramienta nueva aparezca solita una dificultad nueva que la sustituya. A veces la fricción se quita y no viene nada detrás; simplemente se hace más rápido algo que antes te enseñaba mientras lo hacías. La dificultad puede cambiar de sitio, pero no se muda ella sola: hay que ir a buscarla.
Sospecho que la IA generativa quita muchísima resistencia y ofrece muy poca nueva. El prompt es un sitio muy delgado donde vivir. Pero ojo, que puedo estar equivocado igual que lo estaban (a medias) los que daban la pintura por muerta.
Yo sigo con la plumilla y el pincel. Sin ninguna pretensión, y sin necesidad de que salga bien.

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